jueves, 30 de octubre de 2014

5 montañas a pelo. Náufrago voluntario en tierra (7)

Hórreo en Piornedo

De todas las noches, la tercera fue, quizás, la más larga y dura.
La oscuridad total me envolvió a unos 3 Km de Porto, un pueblo de la montaña orensana que se asoma al Embalse de San Sebastián, el primero en el que se estancan las aguas del Bibei.
Al leer el topónimo, se me vino el mundo encima. Los mojones de madera que me desviaron a la izquierda en la falda de Peña Trevinca, no llevaban a A Veiga, por el curso del Xares, sino a Porto, por el tranquilo valle del Bibei. Tendría, pues, que recuperar unos 15 Km, tomando una carretera estrecha, siempre tirando hacia el norte, sin cantimplora, sin saco y sin frontal.
Caminar a oscuras sobre el asfalto es relativamente fácil. Solamente hay que estar atento al ruido de los motores y la iluminación de los faros. Y, como medida de precaución, meterse en la cuneta, hasta que pasen los escasos vehículos que a esas horas te puedes encontrar en una carretera local. Eso sí, como te pille la poli te cae el pelo, pues no  vale contarles que has perdido la frontal el primer día, que no traes dinero y que no puedes pedir un chaleco en el transcurso de la aventura, ya que he decidido ser náufrago voluntario en tierra, como lo hizo Alain Bombard en el mar, aunque él arriesgando muchísimo más durante bastante más tiempo. Yo me limito a jugar sin apostar dinero, con unas simples fichas o papeles recortados a los que le doy el valor que yo quiera. 
Y, finalmente, la policía apareció en la cuneta izquierda, agazapada, con todas las luces del vehículo apagadas y con unos extraños pilotos rojos. ¿La policía o unos cazadores furtivos? ¿O asesinos que se estaban desembarazando  del  cadáver en el monte? 
De verdad que pasé miedo. De verdad que nunca hubiera sido capaz de sospechar lo que realmente estaba ocurriendo en lo alto de aquel descampado, a media noche, bajo un firmamento estrellado como pocas veces había visto antes.
  

domingo, 26 de octubre de 2014

5 montañas a pelo. Decisión incorrecta (6)


 Peña Survia

Desciendo de Peña Trevinca antes de que se cumplan las tres jornadas desde que he salido de casa... pero, en vez de realizar el camino de regreso por el mismo lugar que he subido, concretamente hasta Villafranca del Bierzo, opto por la línea A Veiga, O Bolo, A Rúa, Quiroga, Bóveda, Sarria y Castroverde. Tomo esa decisión más que nada porque me da pereza repetir 70 Km bastante feos y un tramo muy peligroso de carretera, el que va desde Puente de Domingo Flórez hasta el lago de Carucedo.
Esta decisión, y un error de orientación que me llevará a Porto en vez de a A Veiga, serán determinantes para quedar atrapado por la tormenta a tan solo 50 Km de casa, tras realizar aproximadamente 300 Km en cuatro días.
Bajo muy rápido de Peña Trevinca para que no me pille la noche en el medio del piornal. No llevo mapas ni GPS, y el teléfono móvil no tiene cobertura, así que no puedo consultar mi posición. Sé que debo ir siempre hacia el oeste y no tomar ningún curso fluvial que me lleve al sur... pero allí estaba el demonio en forma de mojón de madera para engañarme. Con la noche echándose encima, a 1.800 metros de altitud y sin saco de dormir, ¿quién no se agarra ciegamente a una señal que asoma en un pequeño collado? 
Bueno, el caso es que al final bajo por el Bibey en vez de hacerlo por el Xares y, a medida que pierdo altura, me voy dando cuenta de que el demonio ha ganado la partida.
Tendré que dar toda la noche un gran rodeo.


miércoles, 15 de octubre de 2014

5 montañas a pelo. ¿Compensa? (5)

Cruzando una cantera de pizarra, a 1 hora de Peña Survia o Peña Trevinca Norte

En San Pedro de Trones, a escasos kilómetros de Puente de Domingo Flórez, vivaqueé como pude hasta las 6 de la mañana. Las primeras horas de la noche sobre un seto que rodea una de las iglesias del pueblo y, las posteriores, más frías, debajo de la alfombra sintética que había en la entrada de otro lugar de culto, en el centro del poblado minero, más refinado y burgués que el primero.
No madrugué demasiado porque sabía de antemano que las canteras de pizarra me cortarían el paso en algún lugar, como, al final, así fue. Sin frontal sería una locura avanzar sobre el peligroso terreno, lleno de pistas cortadas, terraplenes formados por escombros y  agujeros con  explosivos listos para detonar en cualquier momento, como el que hay en la izquierda, en el bloque de pizarra.
Una vez que me puse en marcha, no encontré agua. Y la cuesta era empinada y muy larga. Así que me decidí a entrar en una nave para pedirla.
El ruido era ensordecedor y nadie trabajaba con mascarilla a pesar de los nocivos efectos de la silicosis. Quizás nadie se protegía porque simplemente se conformaban con sobrevivir ese día. Sus caras denotaban que la jornada acababa de empezar cuando, afuera, aún era de noche. Ocho horas dentro de una fría nave, atados al imparable y constante movimiento de la cadena. Y digo atados porque solo vi una mujer manipulando el oro negro arrancado de la montaña a golpe de cañonazos. Ocho horas seguidas desgajando finas y negras láminas mientras en sus cabezas se retorcían los problemas o los sueños.
Después de salir de la nave, mientras continuaba flanqueando la ladera para alcanzar el hombro, me pregunté nuevamente si compensaba triturar de esa manera la montaña y atarse a la cadena.