sábado, 13 de diciembre de 2014

5 montañas a pelo. Tercer asalto de la cuarta noche (9)

Probando los bolsillos del mono

Al afrontar aventuras con pocos medios, lo que más me preocupa y me  intriga al mismo tiempo es cómo afrontaré las noches. Más aún cuando son muchas las horas con frío y oscuridad.
La primera noche fue a dos asaltos; cortos y con temperaturas moderadas. Pude aguantar y gané por puntos. Debo recordar que hizo más frío en septiembre que en octubre y que, en este último mes, se batieron récords de máximas en España.
La segunda y la tercera noche también estuvieron divididas en dos asaltos cada una de ellas. Fueron llevaderos.
La cuarta fue, de todas, la única que tuvo tres periodos bien diferenciados. En el primero pude aguantar hasta que llegué al pórtico de la iglesia de San Fiz de Baños, cerca de A Veiga. Incomodé a los perros del lugar, y también a alguno de sus amos. Un paisano incluso salió al balcón en pijama, ya que no es muy común ver a alguien entrar en el pueblo a las 2 de la madrugada.
Llegué victorioso al pueblo pero, en el segundo asalto, en el que tocaba pelear con el duro suelo a una distancia demasiado corta, casi me deja ko. Por eso decidí levantarme rápido y continuar caminando, la única manera de entrar en calor mientras buscaba entre la maleza del monte un lugar más acogedor.
Lo encontré a las 6 de la mañana en el medio de un campo casi helado, lejos de cualquier núcleo habitado. En la planta baja del alpendre, una vaca rumiando. Arriba, sobre tablones viejos roídos por el tiempo y la carcoma, restos de paja y de heno.
Aunque el frío entraba por el hueco que nunca debió tener puerta, y por entre la pared y el voladizo del tejado, allí me estiré, con la vana esperanza de adormecer gracias al calor desprendido por el rumiante y el estiercol fermentado.
No logré dormir, pero sí mantener seca mi única prenda de vestir.
    

domingo, 2 de noviembre de 2014

5 montañas a pelo. La noche perfecta para... (8)

Intentando arreglar la cremellera poco antes de salir

Cuando me di cuenta, ya no pude ocultar mi presencia y tropecé con un individuo que salía del vehículo ayudándose de una frontal con leed rojo muy mortecino, una linterna con tan baja intensidad que me hizo sospechar aún más. No cruzamos palabra alguna. Yo pasé de largo y él sacó algo del maletero.

-Si es un asesino, o un furtivo, nada puedo hacer ya -comenté en mis adentros.

Unos metros adelante, sobre una pequeña explanada o pradera, más coches y más individuos, todos con los faros apagados y con las diminutas luciérnagas rojas en sus cabezas.
Tardé en comprender lo que allí estaba pasando hasta que levanté la cabeza y  miré al firmamento... casi helaba; la luna, nueva; la noche, muy limpia y estrellada; la pequeña meseta orensana por la que caminaba, bastante elevada; el lugar, sin contaminación lumínica y muy alejado de los grandes centros de población... ¡Cómo no habría caído antes!
Estaba en un lugar de encuentro, casi sagrado. Uno de esos puntos que reúnen buenas condiciones para quedarnos pasmados mirando el cielo con la cabeza fuera del saco. O sentados en una silla, con una manta y los instrumentos necesarios.
¡Por eso nadie se metió conmigo y por eso estaban todas las luces de los coches apagadas!
¡Por esa razón todos andaban alumbrando con aquellas míseras luciérnagas!
Respiré profundo y me volví a perder en medio de la oscuridad y el silencio.
Pero ya estaba muy cansado, así que comencé a buscar un lugar apropiado para anidar y escaparle a la insoportable verticalidad.
Hacía mucho frío y la hierba estaba cubierta de rocío. Si me estiraba, seguro que comenzaría a tiritar, así que continué caminando hasta topar con un pueblo, para aprovechar el abrigo familiar y sicológico del alumbrado público o, mejor aún, el calor desprendido por las piedras de un muro refractario orientado a la solana, como si fuera un racimo de uvas.
Desde lo alto busqué el campanario. Abrí la puerta para acceder a lo que fue en su momento camposanto y me senté en el asiento de piedra del claustro. Los perros me detectaron, aunque sabía que tarde o temprano enmudecerían.
No tenía nada. Debía escoger entre el frío y duro empedrado del suelo o la hierba cubierta de rocío.
Y, además, había corriente en la única esquina del recinto techado, pero abierto por dos frentes.
Las zapatillas hicieron de almohada y las plantillas de esterillas. Una en la cadera y la otra bajo el brazo izquierdo, sobre el que descansaba el tronco, de lado.   

  

jueves, 30 de octubre de 2014

5 montañas a pelo. Náufrago voluntario en tierra (7)

Hórreo en Piornedo

De todas las noches, la tercera fue, quizás, la más larga y dura.
La oscuridad total me envolvió a unos 3 Km de Porto, un pueblo de la montaña orensana que se asoma al Embalse de San Sebastián, el primero en el que se estancan las aguas del Bibei.
Al leer el topónimo, se me vino el mundo encima. Los mojones de madera que me desviaron a la izquierda en la falda de Peña Trevinca, no llevaban a A Veiga, por el curso del Xares, sino a Porto, por el tranquilo valle del Bibei. Tendría, pues, que recuperar unos 15 Km, tomando una carretera estrecha, siempre tirando hacia el norte, sin cantimplora, sin saco y sin frontal.
Caminar a oscuras sobre el asfalto es relativamente fácil. Solamente hay que estar atento al ruido de los motores y la iluminación de los faros. Y, como medida de precaución, meterse en la cuneta, hasta que pasen los escasos vehículos que a esas horas te puedes encontrar en una carretera local. Eso sí, como te pille la poli te cae el pelo, pues no  vale contarles que has perdido la frontal el primer día, que no traes dinero y que no puedes pedir un chaleco en el transcurso de la aventura, ya que he decidido ser náufrago voluntario en tierra, como lo hizo Alain Bombard en el mar, aunque él arriesgando muchísimo más durante bastante más tiempo. Yo me limito a jugar sin apostar dinero, con unas simples fichas o papeles recortados a los que le doy el valor que yo quiera. 
Y, finalmente, la policía apareció en la cuneta izquierda, agazapada, con todas las luces del vehículo apagadas y con unos extraños pilotos rojos. ¿La policía o unos cazadores furtivos? ¿O asesinos que se estaban desembarazando  del  cadáver en el monte? 
De verdad que pasé miedo. De verdad que nunca hubiera sido capaz de sospechar lo que realmente estaba ocurriendo en lo alto de aquel descampado, a media noche, bajo un firmamento estrellado como pocas veces había visto antes.